Tongariro Alpine Crossing

 

Honestamente no tenía nada planeado para mi cumpleaños. Como saben, vivo en un hotel que esta prácticamente en medio de la nada a 13 kilómetros de la ciudad de Rotorua, en el cual trabajo cualquier día de la semana. Por lo tanto mis expectativas tendían mas bien a pasarla trabajando que festejando. Al final no hice ninguna de las dos cosas.

Al principio de la semana chequeando la planilla de turnos, me entero de que Patrick, mi mánager, el chino que no festeja la navidad y que come los fideos fríos porque dice que así se comen, me había dado libre el fin de semana del 21 y 22 de diciembre. Tomé esto como un gesto de extraña gentileza y se lo agradecí internamente. En los días siguientes me dediqué a pensar, no en cómo iba a pasar mi cumpleaños de 30 sino, en hacer una actividad que venía postergando por falta de disponibilidad y coordinación de los factores “transporte” “tiempo” “alojamiento” y “clima”: El Tongariro Alpine Crossing.

El Tongariro Alpine Crossing (Ko Tongariro Te Maunga Tipu Whakawhiti en maorí) es un cruce de montaña en el Parque Nacional Tongariro que consiste en una caminata de 19.4 kilómetros a lo largo de un paisaje que presenta distintos tipos de terreno, altitud y clima, para lo cual se estiman unas 8 horas en total (incluyendo paradas para comer y descansar). Este cruce es considerado la mejor excursión de un día de Nueva Zelanda por lo cual es de esperarse que atraiga a cientos de turistas y a miles de alemanes. Porque los alemanes siempre hacen estas cosas. Con tantos alemanes por todos lados, me pregunto quién se habrá quedado viviendo en Alemania. En lugar de caminar por las montañas podrían estar  aportando a su sistema provisional -después se quejan de que en 40 años no van a cobrar un sope-. Pero luego me doy cuenta de que en la proximidad a los 30 hay una vieja de mierda que toda mujer empieza a cultivar en su interior y decido callarla.

Bueno. Como venia diciendo, yo quería definitivamente hacer este cruce. Chequear el clima es algo fundamental ya que es bastante cambiante especialmente en las montañas. Y aparentemente el día de mi cumpleaños era propicio. Los vientos iban a ser un poco fuertes en las partes altas, pero no había probabilidades de lluvia, nieve o invasiones de orcos que es lo mas importante, así que me decidí a buscar y contratar un transporte que me llevase hasta allá. Busque en internet y llame al único que aparentemente venía hasta Rotorua. Desde Rotorua hay unas 2 horas de viaje en dirección suroeste hasta el estacionamiento Mangetapopo del Parque Nacional, que junto con los baños y un pequeño refugio son el último bastión de la civilización hasta los próximos 14 kilómetros (en donde hay otro refugio con otros baños).

La alternativa más simple parecía ser preguntarle al transportista si en lugar de buscarme en la ciudad de Rotorua podía llegar hasta el lodge por un precio más alto, para ahorrarme ese tramo por mi cuenta. Cuando llamé por teléfono me atendió un señor a los gritos. Se me hacía muy difícil entenderlo porque su voz sonaba muy apabullante y parecía tener un acento extranjero. Me pidió que cortara y que esperara a que él me llamara. Cuando lo escuché por segunda vez me dí cuenta de que era maorí. Los maoríes son por supuesto bilingües, pero tienen una voz curiosamente nasal que los hace sonar algo gangosos ( Y de cuyo sonido presumo que los kiwis de ascendencia europea tomaron su acento). Le costó reconocer el nombre del camino en donde está el lodge pero con la existencia de Google Maps ya nada es excusa así que pasamos al tema del precio. Me dijo que me costaría NZ$45 ida y vuelta, lo cual me sorprendió ya que de acuerdo a la web de la empresa es menos de la mitad de lo que se cobra hasta Rotorua. “Pero… ¿Me va a llevar hasta el Tongariro?” le pregunté  incrédula. “¿A dónde más quiere ir, Laura?” me respondió sarcástico. Me sentí un poco agredida, pero nada que ahorrarse NZ$45 no pudiera compensar. Me dijo que me pasaría a buscar a las 6 am.

Al cabo de unas horas volvio a llamarme pidiéndome mas referencias porque no ubicaba el camino que le había indicado yo. Cuando le expliqué bien dónde estaba me respondió espantado ” ¡No!!! ¡Pero yo hasta alla no voy!!! ¡Pensé que era más cerca!”. Era bastante tarde a la noche y yo no tenía mucho tiempo para decidir así que consulté las alternativas. Una era estar al día siguiente a las 5 am en Rotorua; la otra era ir el otro día. Pero el sólo me quería llevar el primer día porque otras dos personas también habían contratado el servicio desde Rotorua. El domingo era sólo yo y para el transportista no era motivo suficiente. Decidí que lo que iba a hacer era llegar hasta Rotorua en taxi a la madrugada del sábado, para mi cumpleaños, entonces lo llamé de nuevo. Pero no me contestó…Me lo imaginaba roncando a esa hora. ¿Y AHORA??? Llamé un taxi para las 4 de la mañana y me arriesgué a ir sin avisarle. Me levanté a las 3.30 am y con los ojos rojos del sueño y mi mochila equipada para un día me fui a Rotorua a buscar al maorí del transporte, en el lugar y a la hora en donde se supone que espera a la gente.

Llegué temprano y con un café en la mano empece a dar vueltas por el estacionamiento del McDonalds de la Fenton Street, punto de encuentro del Alpine HotBus. Al rato lo encontré. Era un señor de unos 80 años en un autito rojo que parecía de juguete. Me acerqué y le dije que era yo la que había estado llamándolo la noche anterior y le pregunté si por fortuna iba a tener lugar para llevarme al parque. La respuesta fue positiva y ahí nos quedamos un rato esperando a los otros dos, que se suponía habían reservado como corresponde sin vueltas y sin intentar cambiar el punto de encuentro. Pero nunca vinieron. Así que a las 5 am partimos y yo pensé que si no hubiera sido por ese par, el transportista nunca hubiese venido hasta Rotorua solamente por mí. Y por otra parte, mi presencia inesperada hacía que al final valiera la pena el viaje para él.
Así fuimos charlando camino a Taupo, entre la bruma y la luz creciente del amanecer. En Taupo cambiamos el transporte a una traffic, porque a partir de ahí ya empezaba a subir gente (una vez más, que suerte tuve).

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Amanece en la ruta camino a Taupo.

Terminamos siendo 8 personas. A las 7:10 am llegamos al estacionamiento Mangetapopo del parque nacional y nos despidió:  “Los espero a las 15:30 del otro lado del cruce. Si tardan, hay recargo. El transporte espera hasta las 4 pm y se va. Tienen tiempo suficiente.”

Mentiroso. Ese tiempo nunca iba a ser suficiente para alguien con mi estado atlético (deplorable). Si bien ya había yo hecho algunas caminatas, ninguna se acercaba a esta: casi 20 kilómetros con un pico de 1900 metros de altura. Allá fui, inocente, arriesgada y pensando “Tengo que llegar, si no duermo en la calle esta noche. O lo que es peor: En este parque desolado”. Y la verdad es que no hay nada más que el paisaje, esas montañas omnipresentes que parece que existieran para desafiarnos e ir riéndose por lo bajo mientras nos ven desplomar sobre una piedra para descansar. Eso y la otra gente caminando en fila india, los alemanes, el sol estridente de Nueva Zelanda, los baños, los refugios, el silencio.

El primer tramo se camina feliz y con entusiasmo, con el espíritu típico del que madruga y tiene un nuevo día por delante. Una se baja de la traffic y sale pateando cabezas por el sendero. No hay pendientes, los arbustos son bajos y a lo lejos se ve el imponente Monte Ruapehu, con sus picos nevados. En cuestión de una hora lo dejaremos fuera de nuestro campo de visión para empezar el ascenso. El camino hasta Soda Springs (unas cascadas muy bonitas) está acompañado por un arroyuelo cuyos sedimentos rojos y amarillos propios de las áreas volcánicas, nos avisan que mejor no tomemos de ese agua. También se pueden ver las piedras negras arrojadas por los volcanes durante las erupciones. Hasta ahí llevaba un tiempo excelente. Mandaba mensajes de texto de lo mas envalentonados avisando que ya había dejado atrás a varios alemanes. Hasta que empecé a subir.

Monte Ruapehu
Monte Ruapehu – Muchos metros de altura.

La primera pendiente interesante está en el tramo Soda Springs-South Crater, que si bien no es una distancia larga en comparación con lo ya recorrido, lleva una hora más de caminata. En esa instancia retomé la reflexión: Hay una sola alternativa y es llegar al final a la hora señalada. Si quiero alcanzar la meta tengo que respetar a mi cuerpo y darle los descansos que necesita sin olvidar el objetivo. Me acordé de una sabia frase que siempre me decía mi mamá cuando yo le presentaba razones para no emprender cosas complicadas: “Hacelo hasta que te salga”. Bueno, es cierto esa frase no contempla otra alternativa que la de cumplir con el objetivo. Y así fue como empecé tomando descansos cada 20 metros. Había un señor bastante gordo y alto que saltaba a la vista porque llevaba una pechera amarilla fluor (habrá tenido miedo de perderse el hombre), y a quien veía pasar frente a mis narices cada vez que me paraba para descansar. Esa situación me daba la constante sensación de que una persona con mayores desventajas que yo siempre me estaba ganando. El tipo pasaba jadeando pero como diciendo “Mirá, yo puedo”. En realidad nadie le ganaba a nadie. Al final todos pasábamos frente a otros como en el mito del eterno retorno.

Un kilómetro antes de llegar al South Crater, el camino se convierte en una mitigante meseta con un paisaje de ciencia ficción. Ahí el espíritu recupera el valor, como en todas las partes fáciles de la vida, y uno saca fotos del camino recorrido, deja de detenerse para descansar y se deleita con la sensación de estar entre dos gigantes: Los montes Ngauruhoe a la derecha y el Tongariro a la izquierda. Ambos tienen sus propios “tracks” (senderos o huellas) para llegar a la cima. Pero esas caminatas alternativas son lujos que no pueden darse los que andan con la amenaza de quedarse sin transporte para volver. Uno siempre esta amenazado por la idea de los límites, y en función de esa idea toma sus decisiones y hace planes -o no hace ningún plan en absoluto- olvidándose del chiste de la vida que es tener experiencias. Así y todo tenía que agradecerle al mismo que me amenazaba el hecho de haber llegado hasta allá, como si fuera un dios padre o el poderoso Demiurgo. Se llamaba Gus Te Moana, que en maorí significa Gus “El Mar”.

Camino al South Crater
Camino al South Crater

Ya tenía demasiada hambre como para seguir gastando energía valiosa en estos pensamientos, asi que empecé a visualizar el momento de mi parada para almorzar. Como recién eran las 11:30 de la mañana decidí postergarlo (que estupidez) hasta terminar de subir el siguiente tramo que desde abajo no se veía tan largo. Pues era el mas difícil. Siguiente lección del día: Uno tiene que comer en el momento y el lugar en donde lo agarra el hambre. Y punto. El cuerpo sabrá por qué.

Allá estaba yo a las 12:00, ladeando la montaña por un sendero angosto, pedregoso y con un viento cruel que cada vez era más frío. 50 kilómetros por hora a -5 C, segun averigué más tarde en la web del servicio meteorológico. ¿POR QUÉ HAGO ESTAS COSAS???!!??!?! Otra vez, el gordito fluorescente pasando frente a mis narices. En ese momento empecé a imaginar que mi estómago podría estar comiéndose al resto de mis órganos como entrada al sandwich que le tenía reservado en la mochila. “¡Paren un poco!” grité para mis adentros.
Cuando retomé la marcha encontré una chica bastante joven que caminaba sostenida de uno de los brazos por una señora que parecía ser su mamá, o su tía, poseída por un miedo atroz a pisar mal y resbalarse por la pendiente. Le temblaban las piernas, literalmente, y me compadecí de ella. No es nada lindo estar en el MEDIO del recorrido -en un parque en donde no hay otra cosa que la naturaleza ahí echada como un escenario desafiante, un lienzo esperando la mejor pincelada- y las demás personas, sintiendo terror por algo. Había que seguir caminando, y esta chica parecía entenderlo pero sin embargo no podía sobreponerse. Las personas que iban con ella le preguntaban si se sentía bien y si quería descansar. La rodeaban y esperaban. Hacía mucho frío y me paré al lado de una piedra grande que hacía de pared en contra del viento para ponerme la campera. Me quedé mirando a esa chica, algo sobrecogida, y creí identificarme con el terror de darse cuenta de que lo único que tenemos en la vida es la tierra y a los demás. Y si hay que confiar, dudar, acusar, amar u odiar todos nuestros sentimientos van dirigidos hacia esas dos cosas. Podemos inventar que existen dioses y demonios, pero no hay más que nuestro planeta y nuestros congéneres.

South Crater. Atrás: El imponente Monte Ngauhuroe.
South Crater. Atrás: El imponente Monte Ngauhuroe.

Hambre. ¡Sí, sí, estómago ya te tiro algo! Terminé la parte complicada y me senté en un pequeño llano junto al Monte Tongariro. Algunas personas iban caminando hacia la cima que no está precisamente incluída en la ruta, por lo cual me limité a acomodarme y a mirarlas de lejos mientras me comía mi suculento sandwich. Me comí dos, en realidad, y parecieron ser suficientes para calmar la fiera. Me levanté como Popeye despues de comerse sus espinacas y le metí derecho hasta terminar el tramo. Llegué al punto mas alto del cruce que es la intersección entre el Monte Tongariro y el Red Crater; un hermoso capricho de la naturaleza que se derrama en colores rojos y ocres como un premio para la vista del caminante. Lo tomé y lo sostuve triunfante en mis retinas por un rato, y después lo deje ahí para los que venían atrás.
Casi llegando al punto mas alto sólo se ve la cumbre y nada más allá. “¿Y acá qué hay para hacer? ¿Por dónde se sigue?” me pregunté. Cuando finalmente llegué, la imagen frente  a mí -propia de un sueño o de las fotos inverosímiles de los almanaques que te da el sodero- me dejó pasmada. El panorama es un valle de cráteres con distinta suerte: A lo lejos el Blue Lake compitiendo con el cielo, más cerca el Central Crater -una enorme extensión de tierra degradándose en un barro negro y espeso- y los Emerald Lakes que resaltan como tres joyas incrustadas en la tierra. La atención es acaparada por estos últimos lagos, cuyo color verde esmeralda es el resultado del sedimento de los minerales del Red Crater disueltos en el agua de la lluvia que a su vez los llena. La gente desciende hacia ellos por la pendiente arenosa, algunos se resbalan, otros directamente se caen y se vuelven a levantar; nadie siente lástima por nadie, esto es así: A bancársela. Yo por mi parte aplico la técnica de clavar los talones formando escalones provisorios y me deslizo mientras se me llenan las zapatillas de tierra. Una vez abajo parezco una milanesa de polvo.

Panorama desde la cima: Blue Lake y Central Crater.
Panorama desde la cima: Blue Lake y Central Crater.

Luego de un descanso (y de sacarle incontables fotos al agua), seguí atravesando el valle. La caminata continúa por el borde del Blue Lake y el sendero se pierde en los montes siguientes. Mis controles de reloj se hacían cada vez más frecuentes. El tramo termina en Ketetahi Hut -un refugio para viajeros que deciden pasar la noche en el parque y que también cuenta con baños-. Los 4 kilómetros de descenso hasta el refugio me hicieron caer en cuenta de que bajar no es precisamente mejor o más fácil que subir. El esfuerzo constante que hay que hacer con las rodillas para balancear el cuerpo deja un cansancio del cual es mas difícil reponerse. A medio camino de este tramo hay un cartel que le avisa a la gente que esta por entrar en una zona de riesgo ya que Te Maari, el volcán activo que humea escondido entre los montes, puede entrar en erupción sin avisar. En tal caso hay dos alternativas: Correr o correr. Y bien rápido. Mientras me imaginaba la posible escena de la catástrofe, pensaba en que casi no hay lugares en donde esconderse de las rocas volcánicas que volarían por el aire. El Ketetahi Hut me sorprendió en plena película mental y me encontré con una congregación de caminantes. Me tiré a descansar en un rincón antes de seguir.

Emerald Lakes
Emerald Lakes

Los 5 kilómetros restantes del último tramo del recorrido atraviesan la zona de riesgo y el bosque empieza a aparecer. Primero los arbustos bajos típicos de Nueva Zelanda, luego el sendero se adentra en una selva tropical de helechos, árboles y demás plantas nativas: Un complejo anfiteatro para el canto de los pájaros. ¡Una vez ahí me parecía que el camino no se terminaba más!. Eran las 3 de la tarde, me quedaba sólo media hora. Así que decidí dejar que el apuro reemplazara al cansancio y corrí como si el Te Maari me persiguiera con sus piedras oscuras. El recorrido se desvía del sendero debido a los daños que dejó la última erupción, pero la alternativa no parecía ser mas fácil: Había que cruzar un arroyo y arreglárselas para caminar en el monte esquivando plantas y piedras. Incluso en esa situación había gente que se sacaba fotos, por ejemplo uno se resbalaba pisando las piedras en el intento de cruzar el arroyo y se mojaba y el otro desde la orilla capturaba el momento. ¡MUEVANSE, TENGO QUE PASAR!  ¡ME VAN A COBRAR RECARGO! (tenía ganas de gritarles).

A las 15:33 exactamente llegué al Mangetapopo Carpark, haciendo cálculos de cuántos dólares de recargo podrían entrar en tres míseros minutos. En la traffic había otro señor, que no era el que nos había traído, conversando con un alemán que le estaba pidiendo que lo llevase hasta Turangi. Adentro del vehículo encontré solamente una persona: un inglés de unos 40 años que había llegado hacía dos horas y media y estaba como nuevo. “Tenía ganas de subir hasta la cima del monte Ngauruhoe, pero pensé que no iba a llegar a tiempo. Creo que me equivoqué y podría haberlo hecho” ¡Maldito atleta!- Pero la memoria me trajo otra de las frases de mi madre: “Vos concentrate en lo tuyo y no te fijes en lo que hacen los otros”. Al rato cayeron los demas, y hasta nos quedamos esperando a uno de quien terminamos deduciendo que se quedaba a dormir en el refugio porque tenía una mochila grande. A nadie se le cobró un centavo. Me desparramé en los asientos del fondo y me dormí una siestita hasta Taupo. Ahí me reencontré con Gus Te Moana, nos saludamos como chanchos amigos y volví a Rotorua.

Al fin y al cabo, no hay que tomarse las amenazas tan en serio. No hay que tomarse nada tan en serio. Todavía no puedo creer haber hecho 19 kilómetros y medio de montaña en ese tiempo, jamás caminé de esa forma.Vale decir que la presión de la “amenaza” no fue el único viento que me llevó hasta la conclusión del Tongariro Alpine Crossing. Hay algo que me mostró la montaña durante toda la jornada y fue el resultado de 30 años de una mentalidad ensayada miles de veces y conductas aprehendidas y reformuladas en el afán de alcanzar mis propósitos. Asi llegué: Andando sola, tomando agua, agradeciendo y maldiciendo ideas fantasmales. Veremos qué me deparan los próximos 30 años de mi vida.

Tres Montes: Tongariro. Ngauruhoe y Ruapehu.
Tres Montes: Tongariro. Ngauruhoe y Ruapehu.
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12 comentarios en “Tongariro Alpine Crossing

  1. Laura, muy bueno el relato! Es lo bueno de los que escriben con pasión, que hacen que uno viaje mentalmente y recorra en letras las mismas pisadas que la escritora! Seguí asi y conta más aventuras!

    1. Gracias Eric! Estoy muy emocionada porque este es mi primer comentario jaja. Tengo mas aventuras, que ire subiendo por supuesto. Me alegra poder hacer viajar a mis lectores. Hasta la proxima aventura!

  2. Hola laura, un placer escribirte, Mi nombre es federico y necesitaria bastante informacion acerca de la visa works and holidays, mas alla de la que brindan los organismos formales y facultados para ello. Es decir tengo dudas acerca de como aplicar y empezar con el proceso de solictud de visa. Tenes email=?

  3. Hola Laura, me encantó haberme encontrado con tu blog y poder conocer otras historias de más argentinos esparcidos por el mundo 😛
    Qué hermosa aventura, dan ganas de irse para allá. Y las fotos… wowww ¡qué paisajes increíbles!
    Te mando un beso y espero que sigas disfrutando 🙂

  4. Muy buen relato Laura! Ya que te conozco en la vida real, es rico leer tus experiencias de NZ, me haces viajar y reir a la vez. No veo la hora de leer de tus experiencias Australianas. 🙂

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